El principito an autre fois

Foto de Castán de Biel
El otro día recordé la historia del principito, en concreto lo que el zorro le enseñaba sobre lo necesario que era comprender que lo esencial solía ser invisible y que sólo se "veía" bien con el corazón, de la importancia de los pequeños detalles, de los ritos, de la domesticación.
La enseñanza del zorro sobre lo importante que es ver con el corazón no deja de ser, a mi entender, una forma metafórica de plantear lo necesario que es permitir a eso que llamamos intuición desempeñar su trabajo, o como suelen explicar los neurocientíficos, dejar que nuestro inconsciente, la parte de nuestro cerebro que realiza potentes procesos no dominados por nuestro lado racional y consciente, tome las riendas en ocasiones y tomemos (o tome) decisiones que tan solo en apariencia resulten ser impulsivas o poco meditadas. Lo importante que es a veces no disponer de mucha y, a veces, distorsionante información para tomar una decisión y el dejar, a veces, en silencio y a un lado a nuestro yo racional, el que suele navegar entre lo superfluo, en un mar de apariencias, equidistante con los convencionalismos sociales, en el que dirán si hago o dejo de hacer, en el trabajo, en la familia, con los amigos,.....
A lo mejor, el "corazón" que distingue lo esencial de lo accesorio está en el cerebro, en nuestra parte inconsciente, la que con más facilidad y frecuencia, si la dejamos actuar, nos puede hacer felices. Habría que aprender a permitir que esa parte actúe en más ocasiones o, más bien y como dice el genial Eduard Punset, desaprender a comportarnos como dictan los convencionalismos sociales y sus modernos códigos.
¿Nuestro auténtico yo, nuestro espíritu, reside en la parte del cerebro encargada de los procesos inconscientes o, por contra, está en el cerebro consciente?
